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domingo, agosto 22

El juego de las uvas


Levantate.
Ya pasaron treinta y ocho minutos de la hora que no querías que se haga. Subtes. El guiso está salado, salado de tanta lágrima. Todavía tenés el corpiño puesto. María y su ropa separada en un sector de tu placard.
El juego de las uvas como un satélite de sexo te contrae. No hay banda.
¿Te acordás del veintidos de agosto de mil nueve noventa y seis? Dale, Laura, movete.
Si, también te acordás de Verónica y le pedís que no se parezca tanto a vos que no se aparezca... Y el resto.
Noche. La fucking forma de encender la luz, la ametralladora, el cielo de amianto, los cuerpos en ruedas, el ritual de la fruta.
Levantate.



miércoles, junio 18

El encuentro



Habían pasado soles. El niño aprovechó su libertad para seguir viaje rumbo a pueblos desconocidos. Hablaba siempre de caballos y de mar, y seguía paso a paso conquistando nuevos rincones. No sólo había olvidado a la niña, sino que también se había olvidado de sus vidas anteriores, del resto que lo esperaba en este mundo, de su viaje por el mundo imaginario. Un día estaba en camino a la casa que lo acogió desde que estaba de regreso en el mundo real y sin presentir el olor se tropezó con una cara conocida: era la niña. 

La niña se encontraba perdida en un bosque que no frecuentaba, y estaba buscándose a sí misma por si acaso. Hacía tiempo que ya daba por perdidos esos ojos redondos y trastabillaba a cada rato. No podía entender que la gente que la rodeaba en el mundo real le abriera tantas heridas, y se le había desaparecido una parte de ella. En el preciso instante que el niño tropezó con ella no dudó en estirarle la mano y ayudarlo a levantarse. El niño llevaba consigo un talismán que la noche antes de partir la niña había puesto en sus manos, y al verla nuevamente se le resbaló. Un instante preciso cruzó sus miradas y no hicieron falta más.

Se tocaron las caras, se abrazaron y se besaron, y durmieron desnudos para sentirse más cerca como creían haber visto que hacían los grandes. Sus espaldas se miraban, y ella inclinaba su brazo izquierdo hacia atrás para tomar la mano del brazo derecho de él. Hasta el sol.

El niño debía seguir camino. Otros pueblos lo esperaban, y no podía quedarse quieto.  
Ambos sabían que volverían a encontrarse pronto. La niña acababa de devolverle el sueño. Ya se habían agarrado de las manos. No había razón alguna para no volverse a tropezar.   

De "El mundo imaginario", por Alumbra

viernes, mayo 30

La niña



Envuelta en esperas, la niña entendió que el niño no vendría por ella. Ya hacía rato que él había abandonado el mundo imaginario, pese a que ella había llegado a creer que nunca lo haría.
Fiel a su promesa, niño leal, ni bien uno de sus pequeños pies pisó tierra real le envió esa señal. Ella siempre tan envuelta en problemas y calamidades, siempre tan envuelta en lo que sea, tan distraída ella estuvo que olvidó recordar. Confundió todo y así como así lo hechó a perder.
Ahora pasea por la realidad como de costumbre suele hacer la gente grande y común, pero carga con esa desaparición en su sombrero. ¿Dónde estará el niño? ¿Cómo es posible no haber escuchado su grito? ¿Cómo se aprende que al pasar por su pueblo y no encontrarla siguió camino?
La niña se acurruca en posición de niña como debe ser, y se cuestiona lo mal desenvuelta que es. Tanto que soñó mano con mano con el niño en el reencuentro, en el después, en el amparo... ahora se encuentra desorbitada.
Cae dormida, pensando que el niño seguramente ya estará durmiendo otra vez.

De "El mundo imaginario", por Alumbra

miércoles, mayo 7

El mundo real


La niña había sido invitada a las afueras de las afueras del mundo imaginario. Allí el niño le había prometido suficiente verde para saciarla. Pero ninguno había tenido en cuenta que en el mundo real habitaban seres de lo más humanos que irían a cambiarles los nombres a los senderos que los conducirían al campo con tal de confundirlos y retenerlos. 

Había pasado un tiempo prudente, si es que existía la prudencia y se le podía adjudicar al tiempo, pues bien sabemos que en el mundo imaginario las horas viajan distinto. Durante ese tiempo la niña se reconoció ciertos espíritus del antes que la arrastraron y la empujaron y la marearon, algunas noticias que le consumieron gracia, y rodeada por preguntas se encontró ignorante y pequeña. ¿Qué significaba costumbre? ¿Por qué le acariciaban el pelo mientras escribían letras difusas? ¿Podría volver a conectarse?

Adentro del mundo imaginario al niño se le redondeaban cada vez más los ojos del susto y otros objetos que había olvidado en el real. ¡Allí no era la niña la única que lo esperaba! Sin embargo seguía siendo capaz de dibujar la cara de ella sin crayones y esperaba ansioso volver a gastarle el rostro con la mirada, animarse por fin a tocarla, a saborearla, a sorprenderla, a desenvolverla. Sabía que el momento para abandonar el mundo imaginario había llegado: era hora de huir. Habría que enfrentar los caminos cambiados y tratar de recordar la forma para llegar al campo de cualquier modo. Allí noches enteras para volver a dormir lo esperarían. Junto a la niña.

De "El mundo imaginario", por Alumbra

miércoles, abril 16

El mundo imaginario


Había una vez un niño redondo de ojos muy lastimados a quien mandaron al mundo imaginario por pagar culpas de sus padres. En ese mundo encontró a una niña envuelta de desdicha que hacía tiempo estaba escondida tras un árbol gris. La niña era hermosa.

El niño, que no entendía el error que la había trasladado a ella hasta allí, decidió mirarla hasta cansarse. No se cansó, y visto ésto no tuvo otra opción que desanimarse y hacerse el indiferente.

Eran tan iguales y tan extraños...

La niña jugaba a no enterarse. Se sentaba en algún escalón y lo ignoraba hasta la hora de dormir.

Una noche el niño le regaló su sueño en secreto sin pronunciar palabra. Fue la complicidad más sutil lo que los unió entonces.

A la mañana siguiente la niña partió de ese mundo. Lo despidió con besos y caricias de cabezas.

El niño lastimado de ojos redondos lloró. Y por las noches no volvió a dormir.

La niña sabía que lo esperaría quince días o una vida. Del mundo imaginario siempre se debe salir.

De "El mundo imaginario", por Alumbra  

lunes, enero 14

Colonia, 2008
YO VELERO


(...Si yo fuera velero
volaría como le plazca al viento;
danzaría entre los juncos
rosaría tu superficie;
me iría lejos de toda vista.
Pero resulta que soy persona...)

Anduve corriendo regatas propias, isando velas contrarias al viento y encallé en cualquier sitio. Hoy vengo acá, recordando mis tardes de verde con miedo a la poca profundidad. Hay pocos nudos, difícil moverme. La paz del medio del río me ahoga tan sutilmente que le he dedicado un santuario.
Boca abajo dicen que quedé por el invierno, suelo tumbar. Pero otra vez viento y otra vez ola y a salir entonces sin nada al mar. Cruzar puentes por debajo de divierte a sobremanera, y anclar en tierras firmes me devora el espanto.
Siempre hay islas por volver que esperan con ansia. Hoy estoy aquí, y aunque aún no me han puesto nombre, yo, velero, me entrego al infinito.

de "Espirales", por Alumbra

martes, octubre 9

"La señorita sabía que se le estaban censuradas frases tales como "te quiero" o "soy muy feliz aquí" por cuidar las formas, no vaya a ser que su compañero las malinterpretara y creyera cosas por demás, como alguna suerte de enamoramiento. Debían entonces ser reemplazadas con pequeñas caricias, miradas cómplices, o a lo sumo un "que bonito".
También se le estaban prohibidas ciertas preguntas. No debía de incumbirle qué era de su compañero el resto de los días. Después de todo, mejor no saber si ese encuentro se prolongaría en algún otro o quedaría allí. Pero bien impregnado estaba en la sangre de la señorita la necesidad del conocimiento: no por puro chusmerío, sino por coartar su imaginación. En la mayoría de los casos sucedía exactamente lo opueto: una vez en la realidad fantaseaba más de la cuenta. Pero era para ella estrictamente necesario reemplazar los signos de pregunta.
La señorita había aprendido muy bien el arte de dejar su perfume en camisas ajenas. Por su lado sólo se le entrometía en el pelo el aroma del compañero, puesto que solía andar desnuda de lado a lado.
El compañero, en cambio...
¿Quién sabe? ¿ Qué se quedaría pensando al despedirla?"


de "Espirales", por Alumbra

lunes, septiembre 17

Los Prohibidos y Ella

“Te voy a violar”. Eso sólo bastó que le dijera Aníbal a Laura para entender que no iban a pasar diez años más hasta que volvieran a encontrarse. La paseó por todas y cuantas camas había en la casa prohibida, hasta las más morbosas. La sacó a tomar algo en diversos cafés, siempre escondidos. La llevó de su mano cual novia y le mandó mensajes hasta hartarse de cariño y extrañeza. Laura se hacía un poco la tonta, “¿a quién no le gustan estas cosas?” pensaba mientras lo abrazaba o lo veía embriagado. Pero habían pasado un par de años desde que Aníbal le parecía maravilloso: algo se había perdido por el camino, quien sabe qué. Y por más goce que sintiera al estar con él, fallaba.
Nunca supo si él era conciente de lo perverso de su relación. Laura estaba cambiando y en esos momentos todo se tambaleaba, hasta su ser mismo. Él, en cambio, al igual que todo hombre virginiano cuyo nombre empieza con “A” se escondía para defenderse del dolor. A veces le daba vueltas con que no podía jugarse por nada. Pero Laura lo conocía demasiado: era su coraza. Y lo bien que hacía.
Un día Aníbal comenzó con desplantes que no eran para nada descabellados: al contrario, tenían más razón de ser que la relación por sí sola. Laura no pudo hacerse más la tonta; estaba entendiendo cuánto se estaba equivocando. Aníbal se había enamorado de ella, y ella seguía durmiendo en la misma cama que Nahuel, en la misma casa prohibida. Y no valían las excusas de la internación ni del suicidio ni del abandono para él; las cosas estaban muy claras, el amor es algo muy claro.
Se oscureció entonces Laura, y desapareció. Volvió a hacerse la tonta como de costumbre, y decidió no dejarse llevar por las locuras terrenales de Aníbal. Ella necesitaba volar, y Dante le había quitado hace tiempo esa posibilidad; o ella a él. Hizo su gran pase mágico para dejar todo inconcluso. Y Aníbal nunca se animó a reprocharle nada.


de “Espirales”, por Alumbra

martes, septiembre 11

Corrompido por parásitos mutantes, su reino se desvencijaba. De las sórdidas paredes del muro brotaba agua y gusanos y otras especies, y en el jardín los jazmines se arrugaban hasta desaparecer de su vista. Las persianas se trababan al punto de filtrar por completo cualquier noticia de día, y las caballerizas desteñían su azul y su brillo.
Es que nadie se animaba a admitirlo; pero la reina quería seguir siendo princesa.


de "La reina que quiso ser princesa", por Alumbra