lunes, septiembre 17

Los Prohibidos y Ella

“Te voy a violar”. Eso sólo bastó que le dijera Aníbal a Laura para entender que no iban a pasar diez años más hasta que volvieran a encontrarse. La paseó por todas y cuantas camas había en la casa prohibida, hasta las más morbosas. La sacó a tomar algo en diversos cafés, siempre escondidos. La llevó de su mano cual novia y le mandó mensajes hasta hartarse de cariño y extrañeza. Laura se hacía un poco la tonta, “¿a quién no le gustan estas cosas?” pensaba mientras lo abrazaba o lo veía embriagado. Pero habían pasado un par de años desde que Aníbal le parecía maravilloso: algo se había perdido por el camino, quien sabe qué. Y por más goce que sintiera al estar con él, fallaba.
Nunca supo si él era conciente de lo perverso de su relación. Laura estaba cambiando y en esos momentos todo se tambaleaba, hasta su ser mismo. Él, en cambio, al igual que todo hombre virginiano cuyo nombre empieza con “A” se escondía para defenderse del dolor. A veces le daba vueltas con que no podía jugarse por nada. Pero Laura lo conocía demasiado: era su coraza. Y lo bien que hacía.
Un día Aníbal comenzó con desplantes que no eran para nada descabellados: al contrario, tenían más razón de ser que la relación por sí sola. Laura no pudo hacerse más la tonta; estaba entendiendo cuánto se estaba equivocando. Aníbal se había enamorado de ella, y ella seguía durmiendo en la misma cama que Nahuel, en la misma casa prohibida. Y no valían las excusas de la internación ni del suicidio ni del abandono para él; las cosas estaban muy claras, el amor es algo muy claro.
Se oscureció entonces Laura, y desapareció. Volvió a hacerse la tonta como de costumbre, y decidió no dejarse llevar por las locuras terrenales de Aníbal. Ella necesitaba volar, y Dante le había quitado hace tiempo esa posibilidad; o ella a él. Hizo su gran pase mágico para dejar todo inconcluso. Y Aníbal nunca se animó a reprocharle nada.


de “Espirales”, por Alumbra

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