Te ofrecí mis orejas para aprender esa música; mis dedos para las cuerdas que quedaron recuerdo entre tus piernas, como la
noche que me bañé bajo la lluvia. Y amé cada cosa tuya: los animales, los humanos, las maderas con alma, las plantas en el techo, tus rincones, tus escondites, tus sensibilidades, tu llanto.
Y vos también.
Hasta que un día decidiste dejar de hacerlo.
Ahora me toca a mí.

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