miércoles, junio 18

El encuentro



Habían pasado soles. El niño aprovechó su libertad para seguir viaje rumbo a pueblos desconocidos. Hablaba siempre de caballos y de mar, y seguía paso a paso conquistando nuevos rincones. No sólo había olvidado a la niña, sino que también se había olvidado de sus vidas anteriores, del resto que lo esperaba en este mundo, de su viaje por el mundo imaginario. Un día estaba en camino a la casa que lo acogió desde que estaba de regreso en el mundo real y sin presentir el olor se tropezó con una cara conocida: era la niña. 

La niña se encontraba perdida en un bosque que no frecuentaba, y estaba buscándose a sí misma por si acaso. Hacía tiempo que ya daba por perdidos esos ojos redondos y trastabillaba a cada rato. No podía entender que la gente que la rodeaba en el mundo real le abriera tantas heridas, y se le había desaparecido una parte de ella. En el preciso instante que el niño tropezó con ella no dudó en estirarle la mano y ayudarlo a levantarse. El niño llevaba consigo un talismán que la noche antes de partir la niña había puesto en sus manos, y al verla nuevamente se le resbaló. Un instante preciso cruzó sus miradas y no hicieron falta más.

Se tocaron las caras, se abrazaron y se besaron, y durmieron desnudos para sentirse más cerca como creían haber visto que hacían los grandes. Sus espaldas se miraban, y ella inclinaba su brazo izquierdo hacia atrás para tomar la mano del brazo derecho de él. Hasta el sol.

El niño debía seguir camino. Otros pueblos lo esperaban, y no podía quedarse quieto.  
Ambos sabían que volverían a encontrarse pronto. La niña acababa de devolverle el sueño. Ya se habían agarrado de las manos. No había razón alguna para no volverse a tropezar.   

De "El mundo imaginario", por Alumbra

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